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Someone

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#2095043 ·published 2011-11-23 18:42 UTC
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Capítulo 9
—Tengo que confesarte algo —dijo Jessica.
Al salir del garaje Kinney, el aire relativamente fresco de la calzada de la Calle 52 disipó el olor a humo y orina. Giraron por la Quinta Avenida. La cola de los pasaportes llegaba hasta la estatua de Atlas. Un negro de rastas muy largas no paraba de estornudar haciendo bailar su pelo como si fuera un grupo de serpientes. La mujer que tenía detrás emitió un chasquido evidentemente fastidiada. La mayoría de la gente que había allí esperando quedaba encarada a la iglesia de St. Patrick que había al otro lado de la calle como si estuvieran pidiendo una intervención divina con rostros angustiados.
—Te escucho —dijo Myron.
Siguieron caminando. Jessica no miraba a Myron, sino que mantenía la mirada fija hacia delante.
—Últimamente no nos llevábamos muy bien. De hecho, Kathy y yo apenas nos hablábamos.
—¿Desde cuándo? —preguntó Myron muy sorprendido.
—Durante los últimos tres años más o menos.
—¿Qué es lo que pasó?
—No lo sé muy bien —respondió Jessica negando con la cabeza pero todavía sin mirar a Myron—. Cambió. O quizá se hizo mayor y yo no supe entenderlo. Sólo sé que nos fuimos distanciando. Y cuando nos veíamos era como si no pudiera soportar estar en la misma habitación que yo.
—Me apena oír eso.
—Sí, bueno, tampoco era para tanto. Kathy me llamó la noche que desapareció. La primera vez en no sé cuánto tiempo.
—¿Y qué quería?
—No lo sé. Yo estaba a punto de salir de casa y tenía tanta prisa que le colgué.
Los dos se quedaron callados el resto del camino hasta llegar al despacho de Myron.
En cuanto salieron del ascensor, Esperanza le entregó a Myron una hoja de papel y le dijo:
—Win quiere hablar contigo cuanto antes.
Esperanza se quedó mirando a Jessica como un linebacker a punto de lanzarse contra un quarterback cojo durante un blitz por el lado ciego.
—¿Ha llamado Otto Burke o Larry Hanson? —le preguntó Myron.
—No —dijo Esperanza volviendo a mirar a Myron—. Win quiere verte cuanto antes.
—Ya te he oído. Dile que iré dentro de cinco minutos.
Entraron en el despacho de Myron, éste cerró la puerta y leyó por encima la hoja de papel. Jessica se sentó delante de él y cruzó las piernas de una manera como pocas mujeres sabían hacerlo, convirtiendo algo normal en un instante de intriga sexual. Myron intentó no quedarse mirando ni recordar el tacto cautivador de aquellas piernas bajo las sábanas, pero fracasó en ambos propósitos.
—¿Qué pone? —preguntó ella.
—Nuestro amigo delgado de Kenmore Street en Glen Rock se llama Gary Grady —dijo rápidamente Myron tras volver en sí.
—Ese nombre me suena —dijo Jessica entrecerrando los ojos como tratando de recordar—, pero no sé muy bien de qué.
—Lleva casado siete años con su mujer, Allison. Sin hijos. Tiene una hipoteca de ciento diez mil dólares y cumple con las cuotas. De momento nada más. Dentro de poco sabremos más cosas —dijo, y dejó el papel sobre la mesa—. Tenemos que empezar a atacarle por varios frentes distintos.
—¿Cómo?
—Debemos volver a centrarnos en la noche en que desapareció tu hermana. Empezar desde ahí e ir siguiendo poco a poco. Hay que investigar de nuevo todo el caso. Y lo mismo con el asesinato de tu padre. No digo que la policía no hiciera bien su trabajo, seguramente sí, pero ahora sabemos cosas que ellos no sabían entonces.
—La revista —dijo Jessica.
—Exacto.
—¿Qué puedo hacer para ayudar? —preguntó Jessica.
—Empieza por descubrir todo lo que puedas sobre qué hacía cuando desapareció. Habla con sus amigas, compañeras de habitación, encargadas de la residencia de estudiantes femenina, animadoras de su equipo, con quien sea...
—De acuerdo.
—Y consigue también su expediente académico. A ver si hay algo ahí. Quiero saber a qué clases asistía, en qué actividades participaba, todo.
—El Premio Gordo, por la línea dos —dijo Esperanza sacando la cabeza por detrás de la puerta.
Myron miró el reloj. A aquella hora, Christian ya debía estar en el entrenamiento. Descolgó el teléfono y preguntó:
—¿Christian?
—Señor Bolitar, no entiendo lo que está pasando.
Myron apenas podía oírlo. Sonaba como si estuviera en un túnel de viento.
—¿Dónde estás?
—En una cabina telefónica delante del estadio de los Titans.
—¿Qué es lo que pasa?
—Pues que no me dejan entrar.


Jessica se quedó en el despacho para hacer unas llamadas y Myron salió a toda prisa. Cogió la Calle 57 para llegar a la autopista del West Side y vio que, extrañamente, casi no había tráfico. Telefoneó a Otto Burke y a Larry Hanson desde el coche, pero los dos habían salido de su oficina. A Myron no le sorprendió.
Luego marcó un número de Washington de los que no aparecían en el listín telefónico. Muy poca gente conocía aquel número.
—¿Sí, diga? —dijo educadamente la voz al otro extremo de la línea telefónica.
—Hola, P. T.
—Ah, joder, Myron, ¿qué leches quieres?
—Necesito que me hagas un favor.
—Perfecto. Justo acababa de decirle a alguien: «Mira, ojalá me llamara Bolitar para poderle hacer un favor. Porque la verdad es que hay pocas cosas en el mundo que me hagan más ilusión».
P. T. trabajaba para el FBI. Los jefes del FBI van y vienen, pero P. T. siempre estaba ahí. Los medios de comunicación no sabían que existía, pero todos los presidentes desde Nixon habían tenido su número apuntado en la tecla de llamada rápida del teléfono.
—El caso Kathy Culver —dijo Myron—. ¿Quién es la persona más indicada para hablar del tema?
—El poli local —contestó P. T. sin dudarlo un instante—. Es un sheriff electo o algo así. Un gran tipo, es buen amigo mío, aunque ahora mismo no me acuerdo de cómo se llama.
—¿Podrías concertarme una cita con él? —preguntó Myron.
—¿Por qué no? Cumplir tus deseos es lo que le da sentido a mi vida.
—Te debo una.
—Ya me debías una de antes. Una que no me podrás pagar nunca. Te llamaré cuando tenga algo.
Myron colgó el teléfono. La calle seguía despejada de tráfico, lo cual no dejaba de sorprenderle. Minutos más tarde cruzó el puente George Washington y llegó al circuito de las Meadowlands en un tiempo récord.
El complejo de las Meadowlands Sports Authority había sido construido sobre terreno pantanoso e inservible junto a la autopista de Nueva Jersey en un lugar llamado East Rutherford. Allí se alzaban, de oeste a este, el hipódromo de Meadowlands, el Titans Stadium y el Brendan Byrne Arena, llamado así por el ex gobernador, a quien la gente le tenía el mismo cariño que a una espinilla el día del baile de fin de curso. Cuando se supo el nombre se produjo un alud de protestas equivalente a la Revolución francesa, pero no sirvió de nada. Una simple revolución casi nunca puede hacer nada contra el ego de un político.
—Cristo bendito...
El coche de Christian, o el que supuso que era el coche de Christian, apenas se veía al quedar cubierto bajo una capa de periodistas. Myron ya había esperado encontrarse algo así, por lo que le había dicho a Christian que cerrara las puertas desde dentro y que no dijera ni una palabra. Huir con el coche no habría servido de nada porque los periodistas se hubieran limitado a seguirle y a Myron no le apetecía participar en una persecución automovilística.
Aparcó cerca del coche de Christian y los periodistas se volvieron hacia él como leones que hubiesen olido un cordero herido.
—¿Qué está pasando, Myron?
—¿Cómo es que Christian no está en el entrenamiento?
—¿Estás tratando de retenerlo o qué?
—¿Qué pasa con su fichaje, Myron?
Myron no hizo ningún comentario, esquivó el mar de micrófonos, cámaras y cuerpos y se abrió paso entre ellos hasta entrar en el coche sin dejar entrar a nadie de aquella chusma.
—Acelera —dijo Myron.
Christian arrancó el coche y se alejó del lugar obligando a los periodistas a apartarse de su camino a regañadientes.
—Lo siento, señor Bolitar.
—¿Qué ha pasado?
—El guardia de la entrada no me ha dejado pasar. Ha dicho que tenía órdenes expresas de no dejarme entrar.
—Qué hijo de puta —murmuró Myron.
Otto Burke y sus malditas tácticas. Menuda rata de cloaca. Myron debía haberse esperado algo así de él. ¿Pero no dejarlo pasar? Aquello parecía un poco exagerado, incluso para alguien de la calaña de Otto Burke. A pesar de todas las tonterías, habían estado a punto de firmar. Burke había expresado un gran interés en que Christian entrara en el minicamp lo antes posible para prepararse para la temporada.
Así que ¿por qué no iba a dejar pasar a Christian?
A Myron no le gustaba nada todo aquello.
—¿Tienes teléfono en el coche? —le preguntó.
—No, señor.
De hecho, daba igual.
—Da la vuelta —dijo Myron—. Aparca en la Puerta C.
—¿Qué va a hacer?
—Tú ven conmigo.
El guardia intentó detenerlos, pero Myron entró con Christian de un empujón.
—¡Oiga, que no tiene permiso para entrar! —les gritó después de que pasaran—. ¡Eh, deténganse!
—Dispárenos —dijo Myron sin detenerse.
Entraron en el campo caminando a grandes zancadas. Había jugadores golpeando duramente a los muñecos de placaje. Muy duramente. Ninguno de ellos ahorraba energías. Se trataba de las pruebas de selección y muchos de esos tipos estaban luchando por un lugar en el equipo. La mayoría habían sido superestrellas en el instituto y en la universidad y estaban acostumbrados a gozar de la auténtica grandeza en el terreno de juego. La mayoría no iban a ser aceptados, pero la mayoría no iba a dejar que su sueño terminara allí y repasarían las alineaciones de otros equipos en busca de cualquier hueco, esperando, decayendo, muriendo poco a poco en el proceso.
Aquélla era una profesión de mucho glamour.
Los entrenadores soplaban silbatos. Los running backs practicaban carreras, los kickers chutaban balones a la portería situada al otro lado del campo, los punters efectuaban chutes parabólicos intentando que el balón se mantuviera el máximo tiempo posible en el aire. Varios jugadores se dieron la vuelta y se fijaron en Christian. Se oyeron murmullos, pero Myron hizo caso omiso de ellos. Ya había detectado a su objetivo sentado en la primera fila de la línea de la yarda cincuenta.
Otto Burke estaba sentado como Julio César en el Coliseo, con esa maldita sonrisa aún pegada en el rostro y los brazos apoyados a ambos lados de su asiento. Detrás de él estaba sentado Larry Hanson y varios ejecutivos más, como si fueran el Senado del César. De vez en cuando, Otto se apoyaba en el respaldo del asiento y regalaba a su séquito con un comentario que provocaba ataques de risa que más bien parecían de aneurisma.
—¡Myron! —lo llamó Otto en tono amable y saludándolo con una de sus diminutas manos—. Ven aquí, siéntate.
—Espérate aquí —le dijo Myron a Christian.
Luego subió los peldaños y el séquito de Otto se levantó al unísono y se marchó con Larry Hanson a la cabeza.
Myron les dirigió un saludo y dijo:
—Un, dos, tres, cuatro. Derecha... ¡ar! —pero, tal y como se esperaba, nadie le rió la gracia.
—Siéntate, Myron —le invitó Otto con una sonrisa radiante—. Vamos a charlar un rato.
—No has contestado a mis llamadas —le dijo Myron.
—Ah, ¿pero me has llamado? —negó con la cabeza—. Tendré que hablar muy seriamente con mi secretaria.
Myron dejó escapar un bufido y se sentó.
—¿Por qué no habéis dejado entrar a Christian?
—Bueno, Myron, en realidad es bastante sencillo. Christian todavía no ha firmado el contrato. Los Titans no queremos saber nada de alguien que puede que no forme parte de nuestro futuro —asintió mirando al campo—. ¿Has visto quién ha venido para hacer una prueba? Neil Decker de Cincinnati. Es un buen quarterback.
—Uy, sí, impresionante, casi sabe lanzar el balón y todo.
—Eso ha estado gracioso, Myron —dijo tras soltar una carcajada—. Eres un tipo muy cachondo.
—Me encanta que pienses así. Por cierto, ¿te importaría decirme qué está pasando aquí?
—Está bien, Myron —dijo Otto asintiendo—, hablemos en serio, ¿de acuerdo?
—En serio, francamente, de tú a tú, como quieras.
—Perfecto. Nos gustaría renegociar el contrato de tu cliente —dijo—, pero a la baja.
—Ya veo.
—Consideramos que el valor de tu cliente ha caído en picado.
—Ya.
Burke lo miró fijamente un momento y le dijo:
—No pareces sorprendido, Myron.
—¿De qué se trata esta vez?
—¿Cómo que de qué se trata esta vez?
—Bueno, empecemos con Benny Keleher. Lo invitaste a tu casa, lo llenaste hasta el culo de alcohol y luego hiciste que un policía lo arrestara en el camino de vuelta por conducir bebido.
—Yo no tuve nada que ver con eso —repuso Otto con la cara de ofendido que era de esperar.
—Fue increíble cómo el chico accedió a firmar al día siguiente. Y luego tenemos a Eddie Smith. Hiciste que un investigador privado le sacara fotos comprometedoras y luego le amenazaste con mandárselas a su esposa.
—Lo que también es mentira.
—Sí, claro, mentira. Pues vayamos al grano, entonces. ¿Qué es lo que ha causado esa devaluación?
Otto se apoyó en el respaldo del asiento y sacó un cigarrillo de una pitillera de oro que tenía el emblema de los Titans en la tapa.
—Se trata de algo que he visto en una revista un poco guarrilla. Algo que me supo mal de veras —dijo con expresión bastante risueña.
—Has batido tu propia marca —repuso Myron—, deberías estar orgulloso.
—¿Cómo dices?
—Lo amañaste tú. Lo de la revista.
—Ah, así que lo sabías —dijo Otto sonriendo.
—¿Cómo conseguiste hacer esa foto?
—¿Qué foto?
—La del anuncio.
—Yo no tuve nada que ver con eso.
—Seguro —dijo Myron—. Supongo que debes de ser uno de los primeros suscriptores de la revista Pezones.
—Yo no tuve nada que ver con ese anuncio, Myron. De verdad.
—¿Y entonces cómo sabías lo de la revista?
—Me lo dijo un pajarito.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo.
—Qué curioso.
—Creo que no me gusta nada el tono con el que me estás hablando, Myron. Y déjame que te diga otra cosa. Eres tú quien te equivocaste al no contármelo a tiempo. Si sabías lo de la revista, tenías el deber moral y ético de contármelo.
Al oír aquello, Myron miró al cielo y dijo:
—Has dicho «moral y ético» y no te ha caído un rayo en la cabeza. Dios no existe.
La eterna sonrisa de Burke vaciló por un momento pero no desapareció.
—Por mucho que queramos, Myron, no podemos ignorar ese hecho. La revista es una realidad y hay que apechugar con ella. Por eso, déjame que te cuente lo que se me ha ocurrido.
—Soy todo oídos.
—Vas a coger tu oferta actual y la vas a reducir un tercio. En caso contrario, la foto de la señorita Culver saldrá en los periódicos. Piénsalo bien. Tienes tres días para decidirlo.
Otto se quedó mirando cómo Neil Decker efectuaba un pase. El balón voló por los aires como un pato con un ala rota y cayó al suelo a cierta distancia del receptor. Otto frunció el ceño, se acarició la perilla y finalmente dijo:
—Bueno, que sean dos.
 

Capítulo 10
Harrison Gordon, el decano de alumnos de la universidad, se aseguró de que la puerta de su despacho estuviera bien cerrada con llave. Con los dos cerrojos. No quería correr riesgos. Y menos aún con un asunto como aquél.
Se sentó cómodamente en su sillón y se quedó con la mirada perdida ante la ventana del despacho. Allí estaba su querida Universidad de Reston en todo su esplendor. El paisaje se componía de una mezcla de césped verde y edificios de ladrillo. Los estudiantes ya se habían marchado para disfrutar de las vacaciones de verano, pero en el campus todavía quedaba gente, como los participantes de los campamentos de fútbol y tenis, la gente del lugar que aprovechaba el campus como parque, los nuevos hippies que peregrinaban a las instituciones de artes liberales como musulmanes a La Meca... También se veían muchos pañuelos y ponchos rojos y a la típica gente alternativa. Un hombre con barba lanzó un frisbee y un niño lo cogió al vuelo.
Sin embargo, Harrison Gordon no vio nada de todo eso. No había girado su sillón con ruedas para contemplar la vista, sino para apartar la mirada de la... de lo que había sobre su mesa. Lo único que quería era destruirlo y olvidarse de que existía, pero no podía. Algo lo frenaba. Y, al mismo tiempo, había algo que no cesaba de atraerlo hacia eso, hacia aquella página cerca del final...
«Destrúyela, imbécil. Si alguien la descubre...»
¿Qué?
No sabía cómo podía continuar la frase. Volvió a girar el sillón manteniendo los ojos apartados de la revista. A la derecha del expediente se leía: CULVER, KATHERINE. Tragó saliva. Examinó las pilas de transcripciones y cartas de recomendación. Era un expediente impresionante, pero Harrison no tenía tiempo para eso.
El zumbido del interfono, un ruido horrible, lo hizo sobresaltarse.
—¿Señor Gordon?
—Sí —dijo casi gritando.
El corazón le latía tan rápido como el de un conejo.
—Hay alguien que quiere verle. No tiene cita, pero tal vez quiera hablar con ella.
Edith hablaba en voz muy baja, casi como si estuviera en la iglesia.
—¿De quién se trata? —preguntó él.
—Es Jessica Culver. La hermana de Kathy.
Una punzada de pánico atravesó el corazón del decano como un carámbano de hielo.
—¿Señor Gordon? —insistió su secretaria.
El decano se puso la mano en la boca por miedo a soltar un grito.
—¿Señor Gordon? ¿Está ahí?
No tenía otra alternativa. Tenía que hacerla pasar y descubrir qué era lo que quería. Actuar de otro modo podría resultar sospechoso.
Abrió el último cajón del mueble y guardó todo lo que tenía sobre la mesa. Luego sacó el llavero y cerró el escritorio con llave. Más valía prevenir. Por último, descorrió el pestillo de la puerta.
—Dígale a la señorita Culver que pase —dijo por el interfono.
Jessica era como mínimo tan hermosa como su hermana, es decir, bastante extraordinaria. Se preguntó cómo saludarla y al final se decidió por el modo «director de funeraria»: distante en el trato pero cordialmente profesional.
Le dio la mano con amable firmeza y le dijo:
—Señorita Culver, siento mucho que debamos vernos en unas circunstancias tan tristes. En estos tiempos difíciles, sepa que su familia está en nuestras plegarias.
—Gracias por dejarme hablar con usted sin tener una cita previa.
—De nada —dijo moviendo la mano como si se burlara—. Por favor, tome asiento. ¿Le apetece beber algo? ¿Un café, un refresco?
—No, gracias.
El decano volvió a ocupar su sillón. Se sentó en él y cruzó las manos sobre la mesa.
—¿Hay algo que pueda hacer por usted?
—Necesitaría consultar el expediente de mi hermana —contestó Jessica.
A Harrison se le contrajeron los dedos al oír eso, pero por lo demás se mantuvo imperturbable.
—¿El expediente de su hermana?
—Sí.
—¿Podría explicarme por qué, si no es indiscreción?
—Tiene que ver con su desaparición.
—Ya veo —dijo el decano muy despacio. Se sorprendió al ver que su voz sonaba tranquila—. Creo que la policía ya examinó detalladamente su expediente. Hicieron copias de todo lo que contenía...
—Lo comprendo —interrumpió Jessica—, pero me gustaría ver el expediente por mí misma.
—Ya veo —volvió a decir Harrison.
Pasaron varios segundos y Jessica cambió de postura en la silla.
—¿Hay algún problema? —preguntó al final.
—No, no. Bueno, tal vez. Me temo que no va a ser posible mostrarle el expediente.
—¿Qué?
—Lo que quiero decir es que no estoy seguro de que usted tenga ningún derecho legal a verlo. Los padres desde luego que sí, pero en el caso de los hermanos no estoy tan seguro. Tendré que consultarlo con el abogado de la universidad.
—No tengo prisa —dijo Jessica.
—Ah, perfecto. ¿Le importaría esperar en la otra sala, por favor?
Jessica se levantó, se dio la vuelta para salir del despacho y entonces se paró en seco. Miró al decano por encima del hombro y le preguntó:
—Usted conocía a mi hermana, ¿verdad, señor Gordon?
—Sí —respondió forzando una sonrisa—. Era una joven maravillosa.
—Kathy trabajaba para usted.
—Sí, archivaba, atendía las llamadas, esas cosas —dijo rápidamente—. Era una chica muy trabajadora. Aquí todos la echamos mucho de menos.
—¿Cree usted que se encontraba bien?
—¿Bien?
—Antes de desaparecer —prosiguió Jessica atravesándolo con la mirada— ¿se comportó de algún modo extraño?
La frente del decano se perló de gotas de sudor, pero no se atrevió a limpiársela.
—No, no que yo recuerde. Parecía estar perfectamente bien. ¿Por qué lo dice?
—Sólo quería saberlo. Esperaré ahí delante.
—Gracias.
Jessica cerró la puerta tras de sí y Harrison soltó un largo y pesado suspiro de alivio. ¿Qué iba a hacer ahora? Tendría que darle el expediente o las sospechas de la hermana de Kathy se acrecentarían. Pero claro, no podía hacerlo, no podía simplemente sacar el expediente del último cajón del escritorio y dárselo a Jessica. No, esperaría unos minutos, se dirigiría a la sala de archivos para ocuparse del caso «en persona» y volvería con el expediente.
¿Por qué querría Jessica Culver consultar el expediente?, se preguntó. ¿Se le habría escapado alguna cosa?
No, de eso estaba seguro.
Harrison se había pasado todo el año anterior deseando y rezando para que se hubiera acabado. Pero debería habérselo imaginado. Los asuntos como aquél nunca terminaban del todo. Se ocultaban, echaban raíces, crecían más fuertes y se preparaban para un nuevo ataque.
Kathy Culver no estaba muerta y enterrada. Como si de un fantasma de una novela gótica se tratara, había regresado para atormentarlo y gritarle desde el más allá.
Clamando venganza.


Myron volvió al despacho.
—Win ha llamado dos veces desde su despacho —le dijo Esperanza—. Quiere verte ya.
—Voy ahora mismo.
—¿Myron?
—¿Qué?
Los encantadores ojos negros de Esperanza tenían una mirada solemne.
—¿Ha vuelto? Quiero decir, Jessica.
—No, sólo está de visita.
La secretaria puso cara de incredulidad, pero Myron no dijo nada más. Ya no sabía qué pensar.
Fue corriendo escaleras arriba subiendo los escalones de dos en dos. Win trabajaba dos pisos por encima de él, pero era como si estuviera en otra dimensión totalmente diferente. Al abrir la enorme puerta de acero, aquel eterno clamor le atacó los oídos. Toda aquella planta sin separaciones estaba siempre en constante movimiento. Dos o trescientos escritorios ocupaban el espacio como si estuviera enmoquetado. En todas las mesas había por lo menos dos ordenadores. No había separadores. Cientos de hombres se sentaban y se ponían de pie en cualquier dirección, todos con camisa blanca de botones, corbata y tirantes. Y la americana colgada en el respaldo de la silla. Había poquísimas mujeres. Todos los hombres hablaban por teléfono, la mayoría de ellos tapando el auricular para chillarle algo a la persona de al lado. Todos se parecían entre sí. Todos eran más o menos la misma persona.
Bienvenido a Inversiones y Valores Lock-Horne.
Las seis plantas del edificio eran exactamente iguales. De hecho, Myron a menudo sospechaba que Lock-Horne sólo tenía una planta y que el ascensor estaba programado para detenerse siempre en la misma planta se apretase el botón que se apretase del catorce al diecinueve para que pareciese que la compañía era más grande de lo que en realidad era.
El perímetro de aquel espacio de oficinas se componía de un despacho tras otro, los cuales pertenecían a los cabecillas, los jefazos, los number one o, en la jerga de los valores financieros: los Big Producers. Todos los BP tenían ventanas y luz del día, muy al contrario que los peones del interior, que se quedaban pálidos de tanta luz artificial.
Win tenía un despacho en una esquina desde el que se podía ver tanto la Calle 47 como Park Avenue, un paisaje que denotaba mucho money. El despacho estaba decorado al típico estilo anglosajón de la clase privilegiada: paneles de madera oscura por las paredes, moqueta de color verde oscuro, sillones de corte clásico y cuadros sobre la cacería del zorro. Como si Win hubiera visto un zorro alguna vez.
Al entrar Myron, Win levantó la mirada de su inmensa mesa de roble. Aquella mesa pesaba poco menos que una hormigonera. Win estaba estudiando una impresión informática, una de aquellas resmas interminables de franjas verdes y blancas. Toda la mesa estaba repleta. Prácticamente hacían juego con la moqueta.
—¿Cómo ha ido tu encuentro matutino con el amigo Jerry el Telefornicador? —preguntó Win.
—¿El Telefornicador?
—Me he pasado toda la mañana pensando el chiste —dijo Win con una sonrisa.
—Pues no valía la pena el esfuerzo —repuso Myron.
Myron le contó a Win cómo le había ido su charla con Gary «Jerry» Grady. Win se recostó contra el respaldo de su asiento y colocó las manos apoyando las yemas de los dedos entre sí.
Después, Myron le contó el encuentro con Otto Burke. Win se inclinó hacia delante y separó las manos.
—Otto Burke —dijo Win mesurando el tono de voz— es una rata de alcantarilla. Quizá debería hacerle una visita en privado —añadió mirando a Myron como esperando recibir una confirmación por su parte.
—No. Todavía no, por favor.
—¿Estás totalmente seguro?
—Sí. Prométemelo, Win. Nada de visitas.
—De acuerdo —dijo Win a regañadientes y claramente decepcionado.
—Bueno, ¿y qué era lo que querías decirme?
—Ah —a Win volvió a iluminársele la cara—. Échale un vistazo a esto.
Cogió todas las resmas de impresiones y las echó al suelo bruscamente. Debajo había un montón de revistas y la que estaba encima de todo se llamaba Climaxx. En el subtítulo se leía: «Doble X por el doble de placer». Qué táctica de marketing más astuta. Win las dispuso en abanico como si fuera a hacer un truco de cartas.
—Seis revistas —dijo.
Myron leyó los títulos: Climaxx, Lamida, Lefa, Chocho, Orgasm Today y, por supuesto, Pezones.
—¿Son todas de Nickler?
—Madre mía, ¡qué vista tienes! —dijo Win.
—Son los años de entrenamiento. ¿Y qué tienen de especial?
—Mira las páginas que he marcado.
Myron empezó con Climaxx. En la portada también salía una mujer monstruosamente bien dotada, pero lamiéndose un pezón. Qué práctico. Win había marcado las páginas con puntos de libro hechos de cuero. Puntos de cuero en revistas porno. Tan fuera de lugar como cigarrillos en una clase de aeróbic.
La página marcada ya empezaba a resultarle demasiado familiar. Myron sintió que se le revolvía el estómago de nuevo.

Teléfono erótico Fantasías: ¡elige una chica!

También había tres filas y cuatro fotos en cada una. Se centró en la última fila, en la segunda foto empezando por la derecha. Como la de Pezones, ésta también decía: «¡Haré todo lo que me pidas!». Y el número de teléfono también era el 1-900-344-LUJURIA. También 3,99 $ por minuto. Se hacían cobros discretos por tarjeta telefónica o de crédito y se aceptaba Visa y MasterCard. Pero la chica de la foto no era Kathy Culver.
Examinó rápidamente el resto de la página, pero no había ninguna diferencia más. La misma chica oriental seguía esperando. El mismo culo seguía esperando una tunda. Y «¡Tetas pequeñas!» seguía sin haber llegado aún a la pubertad.
—Hay la misma página en las seis revistas —le dijo Win—, pero la foto de Kathy Culver sólo sale en Pezones.
—Qué interesante —dijo Myron. Se quedó un momento pensando—. Probablemente Nickler haga precios especiales a los anunciantes: compra páginas en las seis publicaciones por el precio de tres y esas cosas.
—Exactamente, y me atrevería a decir que las seis revistas tienen exactamente los mismos anuncios.
—Pero alguien puso la foto de Kathy en Pezones.
Myron ya se estaba acostumbrando a decir el nombre de la revista. Ya no le sonaba sucio, lo que a su vez le hizo sentirse más sucio a sí mismo.
—¿Te acuerdas de que Nickler nos dijo que la revista Pezones no iba muy bien? —dijo Win.
Myron asintió con la cabeza.
—Pues bien —continuó Win—, me ha costado muchísimo encontrarla. La mayoría de las otras revistas las he podido encontrar sin muchos problemas en quioscos, pero tuve que ir a un palacio del porno duro de la Calle 42 para encontrar Pezones.
—Y sin embargo —añadió Myron—, Otto Burke logró hacerse con un ejemplar.
—Exactamente. Estoy convencido de que ya habrás considerado la posibilidad de que sea el señor Burke quien esté detrás de todo esto.
—Me ha pasado ligeramente por la cabeza.
Se oyó a alguien llamar a la puerta y acto seguido entró Esperanza.
—Tienes al experto en grafología al teléfono —dijo—. Lo he pasado a la línea de Win.
Win descolgó el teléfono y le pasó el auricular a Myron.
—¿Hola?
—Eh, Myron, soy Swindler. Acabo de analizar las dos muestras que me mandaste.
Myron le había dado a Swindler el sobre en el que había llegado la revista Pezones y una carta de Kathy escrita a mano.
—¿Y bien?
—Encajan. O es ella o se trata de una falsificación muy bien hecha.
A Myron se le revolvieron las entrañas.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
—Gracias por llamar.
—De nada.
Myron le devolvió el auricular a Win. 
—¿Encajan? —preguntó Win. 
—Pues sí.
Win se apoyó en el respaldo de la silla y esbozó una sonrisa.
—Estupendo.