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#2095038 ·published 2011-11-23 18:21 UTC
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Capítulo 7
El teléfono de Myron estaba sepultado bajo una montaña de notas adhesivas de color amarillo como langostas sobre un cadáver. Myron las despegó todas y las repasó con rapidez. Nada de Otto Burke ni de Larry Hanson ni de nadie de las oficinas de los Titans.
Aquello no podía ser bueno.
Se puso los auriculares con micrófono. Se había resistido durante mucho tiempo a utilizarlos por considerar que estaban más pensados para controladores de tráfico aéreo que para agentes, pero no tardó en descubrir que un agente no es más que un feto, su despacho un vientre materno y su teléfono el cordón umbilical. Con los auriculares todo era más fácil. Podía dar vueltas por el despacho, tener las manos libres y deshacerse de las tortícolis, causadas por sostener el teléfono con el hombro.
La primera persona a la que llamó fue al director de marketing de BurgerCity, una cadena de comida rápida de reciente aparición. Querían contratar la imagen de Christian y ofrecían mucho dinero a cambio, pero Myron no estaba seguro de si era buena idea. BurgerCity era una compañía de alcance regional y una nacional podía llegar a ofrecerle un trato mejor. A veces, la parte más complicada de su trabajo consistía en decir no. Hablaría con Christian sobre las ventajas y las desventajas de la oferta y le dejaría decidir a él. Al fin y al cabo se trataba de su nombre. Y también de su dinero.
Myron ya había conseguido varios contratos publicitarios muy lucrativos. Wheaties iba a imprimir un retrato de Christian en sus cajas de cereales para el desayuno a partir de octubre, Diet Pepsi se había presentado con algún tipo de promoción en la que saliera Christian lanzando una botella de dos litros con una espiral perfecta hacia un grupo de mujeres en edad núbil. Nike estaba empezando a fabricar una línea de sudaderas y calzado deportivo que se iba a llamar Steele Trap.
Christian iba a ganar millones de dólares con los contratos publicitarios, mucho más de lo que pudiera lograr jamás jugando con los Titans, por muy razonable que se volviera Otto Burke. Era algo bastante extraño. Los seguidores se ponen nerviosos cuando ven que un jugador intenta sacar el máximo partido del fichaje con su equipo. Cuando le exige más dinero al acaudalado propietario de un equipo lo tildan de zafio, egoísta y ególatra, pero, en cambio, no tienen ningún problema en que obtenga cantidades ingentes de dinero gracias a Pepsi, Nike o Wheaties por promocionar productos que él no usa o que ni siquiera le gustan. No tenía mucho sentido. Christian iba a sacar más dinero por pasarse tres días grabando un hipócrita anuncio televisivo que pasándose la temporada siendo empujado brutalmente por tipos babeantes de glándulas pituitarias hiperactivas, pero así era como los hinchas querían que fuese el asunto.
Sin embargo, a ningún representante le importa lo más mínimo todo ese montaje. La mayoría de representantes se llevan entre el tres y el cinco por ciento del salario total negociado de sus jugadores (Myron se llevaba el cuatro por ciento), comparado con el veinte o veinticinco por ciento de todo el dinero de los contratos publicitarios (Myron se llevaba el quince por ciento, por ser nuevo en el mundillo). Dicho de otra manera, si el agente logra firmar un ficha je de un millón de dólares con un equipo, se lleva unos cuarenta mil, pero si firma un anuncio televisivo de un millón de dólares, puede llegar a ganar hasta un cuarto de millón.
La segunda llamada telefónica que hizo Myron fue a Ricky Lane, un corredor de los New York Jets y ex colega del equipo universitario de Christian. Ricky era uno de sus clientes más importantes y Myron estaba bastante seguro de que había sido Ricky quien había convencido a Christian para que lo contratara como representante.
—Te he encontrado una aparición en un campamento de niños —dijo Myron—, pagan cinco mil.
—No está mal —contestó Ricky—. ¿Cuánto tiempo tendría que estar por allí?
—Un par de horas. Hablar un poco, firmar unos cuantos autógrafos y esas cosas.
—¿Cuándo es?
—El sábado de la semana que viene.
—¿Y qué se sabe de lo de asistir a un centro comercial?
—Eso será el domingo —dijo Myron—. En el Livingston Malí. Material Deportivo Morley's.
Ricky iba a ganar otros cinco mil dólares por pasarse dos horas sentado a una mesa firmando autógrafos.
—Mola.
—¿Quieres que te mande una limusina a recogerte?
—No, iré en mi coche. ¿Se sabe algo ya de lo del contrato del año que viene?
—Estoy en ello, Ricky. Una semana más como máximo. Oye, quiero que vengas un día a ver a Win, ¿de acuerdo?
—Sí, claro.
—¿Estás en forma?
—Nunca me he sentido más en forma —respondió Ricky—. Quiero ese salario inicial.
—Pues tú sigue así. Y no te olvides de concertar una cita con Win.
—Lo haré. Hasta luego, Myron.
—Hasta luego.
Myron siguió haciendo llamadas, pasando de una a otra sin parar. Contestó a las llamadas de la prensa. Todos los periódicos y revistas querían saber cómo iba la negociación del fichaje de Christian para los Titans, pero Myron se negó muy educadamente a hacer comentarios. De vez en cuando iba bien utilizar los medios de comunicación como arma para las negociaciones, pero no en el caso de Otto Burke. «Estamos en trámites», les dijo. Podían llegar a un acuerdo en cualquier momento.
Después llamó a Joe Norris, un veterano de los Yankees que aparecía casi cada fin de semana en un espectáculo de cromos de béisbol. Actualmente, Joe ganaba más al mes que en toda una temporada en sus tiempos como jugador.
Acto seguido le tocó el turno a Linda Regal, una jugadora profesional de tenis que acababa de instaurarse en el top ten. Linda estaba preocupada por el hecho de hacerse mayor y se sentía muy ofendida porque un locutor se había referido a ella como una «vieja veterana» cuando Linda no tenía ni veinte años.
Por otro lado, Eric Kramer, un estudiante de último año de la Universidad de California que probablemente terminara siendo elegido en la segunda ronda del draft de la NFL, acababa de llegar a la ciudad y Myron consiguió arreglar una cena con él. Eso quería decir que Myron era uno de los finalistas, uno entre un trillón de otros agentes. La competencia era increíble. Por ejemplo: hay mil doscientos agentes oficiales de la NFL tratando de conseguir a los doscientos jugadores de la liga universitaria que acudirán al draft de abril, así que hay algo que debe fallar, y casi siempre acaba siendo la ética profesional.
Myron llamó al director general de los New York Jets, Sam Logan, para hablar sobre el contrato de Ricky Lane.
—Este chico está en el mejor momento de su carrera —dijo Myron vendiendo el producto lo mejor que sabía. Se puso de pie y empezó a dar vueltas por el despacho. Myron tenía un despacho muy grande y bonito en Park Avenue, entre las Calles 46 y 47. Dejaba a la gente impresionada y la apariencia era muy importante en un mundo dominado por canallas—. No he visto nunca nada como él. Te lo digo en serio, Sam, este chico es como Gayle Sayers. Es increíble, de verdad.
—Es demasiado bajo —le dijo Logan.
—¿Pero de qué estás hablando? ¿Tú crees que Barry Sanders es demasiado bajo? ¿Y Emmitt Smith es demasiado bajo, también? Pues Ricky es más alto que los dos. Y lleva tiempo haciendo pesas. En serio, este chico va a ser algo grande.
—Ya. Oye, mira, Myron, es un buen chico. Trabaja muy duro. Pero no puedo ofrecerte más de...
La cifra seguía siendo demasiado baja, pero había mejorado.
Continuó haciendo llamadas sin parar. En algún momento del día Esperanza le trajo un sándwich y lo devoró casi sin masticar.
Finalmente, a las ocho de la tarde Myron hizo la última llamada del día.
—¿Diga? —dijo Jessica.
—Estaré en tu casa dentro de una hora —dijo Myron—. Tenemos que hablar.


Myron observó el rostro de Jessica en busca de algún tipo de reacción, pero ella se quedó mirando la revista como si fuera un ejemplar más de Newsweek, con una expresión terroríficamente pasiva. De vez en cuando asentía con la cabeza, contemplaba el resto de la página y le echaba un vistazo a la portada y a la contraportada de la revista para acabar volviendo a la foto de Kathy. Parecía tan indiferente que Myron pensó que iba a ponerse a silbar como si cualquier cosa.
Lo único que la delataba eran los nudillos. Se le habían puesto blancos por falta de sangre y las páginas se arrugaban bajo su presión.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Myron.
—Estoy bien —dijo ella con voz tranquila, casi relajada—. ¿Y dices que esto le llegó a Christian por correo?
—Sí.
—¿Y tú y Win habéis hablado con la persona que se encarga de publicar esta... —dudó un momento e hizo un gesto de asco— esta cosa?
—Sí.
—¿Y te dio la dirección de quien puso este anuncio?
—Sólo un apartado de correos. Voy a comprobarlo mañana para ver quién recoge el correo.
—Voy contigo —dijo ella alzando los ojos de la revista por primera vez.
Myron estuvo a punto de protestar para convencerla de lo contrario, pero se contuvo al darse cuenta de que no iba a tener ninguna posibilidad.
—De acuerdo.
—¿Cuándo te ha dado esto Christian?
—Ayer.
—¿Ya lo sabías ayer? —dijo con cierta indignación en el tono de voz.
Myron asintió.
—¿Y no me lo dijiste? —le espetó ella—. Hoy me he sincerado contigo, sintiéndome como una paranoica esquizofrénica ¿y tú ya sabías todo esto?
—No sabía muy bien cómo decírtelo.
—¿Hay algo más que todavía no me hayas dicho?
—Christian recibió una llamada ayer por la noche y él cree que se trataba de Kathy.
—¿Qué?
Myron se lo explicó todo rápidamente y cuando llegó a la parte en que Christian había oído la voz de Kathy, palideció.
—¿Y tu amigo de la compañía telefónica ha descubierto algo? —inquirió Jessica.
—No, pero sabemos que Return Call sólo funciona en determinados municipios dentro del prefijo de zona 201.
—¿A cuántos municipios equivale eso?
—A unos tres cuartos del total.
—¿O sea a unas tres cuartas partes del total de municipios de la zona norte de Nueva Jersey, el estado de mayor densidad de población de Estados Unidos? Eso lo reduce a ¿cuánto? ¿Dos, tres millones de personas?
—Ya sé que no es mucho —concedió él—, pero es algo por dónde empezar.
—Siento haberme puesto tan violenta —dijo volviendo a posar la mirada en la revista—, pero es que...
—No pasa nada.
—Eres la mejor persona que he conocido nunca —dijo Jessica—. En serio.
—Y tú eres la persona más insoportable que conozco.
—Pues no te voy a decir que no —dijo ella con una ligera sonrisa.
—¿Quieres que le cuente a la policía todo esto? —preguntó Myron—. ¿O a Paul Duncan?
—No estoy segura —contestó tras pensarlo un momento.
—Los medios de comunicación se lanzarán sobre esto como lobos —dijo Myron—, mancharán su nombre sin ningún tipo de piedad.
—No me importa una mierda lo que hagan los medios.
—Yo sólo te aviso —repuso Myron.
—Pueden llamarla puta o como les salga de las narices. Me da igual.
—¿Y qué hay de tu madre?
—Tampoco me importa una mierda lo que ella piense. Sólo quiero que encuentren a Kathy.
—O sea que quieres contárselo a los medios de comunicación y a la policía —dijo Myron.
—No.
Myron se quedó mirándola un momento con cara de no haber entendido nada y le preguntó:
—¿Te importaría explicarte?
Kathy comenzó a hablar poco a poco, de forma comedida y diciendo las cosas según las ideas iban viniéndole a la cabeza.
—Kathy lleva más de un año desaparecida —empezó a decir—. En todo este tiempo la policía y la prensa han hecho cero descubrimientos. Nada de nada. Como si se hubiera desvanecido sin dejar rastro.
—¿Y?
—Y ahora nos llega esta revista. Alguien ha debido enviársela a Christian, lo que significa que alguien, ya sea Kathy u otra persona, está tratando de ponerse en contacto con él. Piénsalo. Por primera vez en más de un año hay algún tipo de comunicación. Y no quiero que me quiten eso. No quiero que la atención de los medios de comunicación espante a quien quiera que esté ahí intentando dar información. Kathy podría volver a desaparecer. Esto es asqueroso —dijo sosteniendo la revista—, pero también nos da esperanzas. Es algo. No me malinterpretes, esto me ha dejado horrorizada, pero es una pista sólida, quiero decir que es una pista confusa, pero por lo menos es una pista que nos da esperanzas. Si la policía y los medios de comunicación se entrometen, quien fuera que lo hizo podría asustarse y volver a desaparecer. Y esta vez para siempre. No puedo arriesgarme a que ocurra eso. Tenemos que guardarlo en secreto.
—Es verdad —asintió Myron.
—Bueno, ¿y entonces ahora qué hacemos? —inquirió ella.
—Ir al apartado de correos de Hoboken. Pasaré a recogerte temprano. Pongamos a las seis.


Capítulo 8
Jessica olía de fábula.
Estaban de pie en Uptown Station, en Hoboken, ella muy cerca de él. Su pelo tenía aquel olor a recién lavado que Myron había tratado de olvidar durante cuatro años y respirarlo le causaba un efecto embriagador.
—¿Así que esto es hacer de detective?
—Emocionante, ¿eh?
Intentaban pasar desapercibidos, lo cual no era cosa fácil en el caso de un hombre de metro noventa y dos y una mujer a la que en casi una hora no han dejado de temblarle las rodillas por haber llegado a la oficina de correos a las seis y media de la mañana. De momento, nadie había tocado el apartado de correos 785.
El aburrimiento no tardó en llegar. Jessica se dedicó a mirar los precios de varios contenedores de correo distintos, lo que no le resultó demasiado interesante. Leyó los carteles de «se busca», uno detrás del otro, y eso ya le pareció un poco más entretenido. Carteles de «se busca» en una oficina de correos. Como si pretendieran que le escribieras una carta a la persona buscada.
—Tú sí que sabes cómo hacerle pasar un buen rato a una chica —dijo Jessica.
—Por eso me llaman el Capitán Diversión.
Jessica se rió y el sonido melódico de su risa se le clavó a Myron dolorosamente en el estómago.
—¿Te gusta trabajar como representante, Capitán Diversión?
—Mucho.
—A mí los representantes siempre me han parecido una panda de desgraciados.
—Gracias.
—Tú ya me entiendes. Sanguijuelas, víboras, parásitos chupasangres ávidos de dinero que se dedican a estafar a deportistas ingenuos, a comer en restaurantes caros como Le Cirque, a arruinar todo lo bueno que tiene el deporte...
—Y también tenemos la culpa de los problemas de Oriente Próximo —le interrumpió él—, y del déficit presupuestario.
—De acuerdo. Pero yo no he dicho que tú seas nada de todo eso.
—O sea que no soy una sanguijuela, ni una víbora ni un parásito. Menudo halago.
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Hay muchos representantes que son unos desgraciados —dijo él encogiéndose de hombros—, pero también hay muchos médicos y abogados que... —Myron se detuvo al oírse decir aquellas palabras. ¿No había utilizado Fred Nickler aquellas mismas palabras para justificar sus revistas?—. Los representantes son un mal necesario —prosiguió—. Sin ellos, la gente se aprovecharía de los deportistas.
—¿Quiénes?
—Pues los propietarios de los equipos, los directores... Los representantes han hecho cosas buenas para los deportistas.
Han ayudado a que les suban el sueldo, han logrado la agencia libre, les consiguen dinero mediante contratos publicitarios...
—¿Y entonces cuál es el problema?
Myron se quedó pensando un instante antes de responder.
—Dos cosas —dijo—. En primer lugar, hay representantes que son unos sinvergüenzas, pura y llanamente. Ven a un chico joven con dinero y se aprovechan de él. Pero a medida que los deportistas vayan teniendo más experiencia, a medida que se vayan conociendo más historias como lo que le ocurrió a Kareem Abdul-Jabar, la mayoría de los sinvergüenzas acabarán por desaparecer como cualquier otra plaga.
—¿Y en segundo lugar?
—Los representantes tenemos que tocar demasiados instrumentos de la orquesta —dijo—. Somos negociadores, contables, consultores financieros, prestadores de servicios sociales, agentes de viajes, consejeros familiares y matrimoniales, chicos de los recados, lacayos, lo que sea con tal de seguir adelante con nuestro trabajo.
—¿Y cómo te las apañas para hacerlo todo?
—Pues le doy los dos instrumentos más importantes a Win: el de contable y el de consultor financiero. Yo soy el abogado y él es quien tiene el MBA. Y además tenemos a Esperanza, que puede hacer casi todo. Nos va muy bien. Nos controlamos unos a otros y nos compenetramos muy bien.
—Como los tres poderes del Estado.
—Sí —asintió Myron—, Jefferson y Madison se sentirían orgullosos.
De pronto apareció alguien para abrir el apartado de correos 785.
—Empieza el espectáculo —dijo Myron.
Jessica le lanzó una mirada rápida para poderlo ver. Era un hombre delgado. Todo en él era demasiado largo, extrañamente alargado, como si lo hubieran estirado en un potro de tortura de la Edad Media. Incluso su rostro parecía estirado como una cara de plastilina apretada contra el suelo.
—¿Lo reconoces? —le preguntó Myron.
—Tiene un no-sé-qué... —dijo Jessica—, pero diría que no.
—Venga, vámonos de aquí.
Bajaron las escaleras a toda prisa y se metieron en el coche. Myron había aparcado mal delante del edificio y había puesto una señal de emergencia de la policía en el parabrisas. La señal de emergencia siempre le resultaba muy útil, sobre todo los días de rebajas en los centros comerciales.
El hombre delgado pasó por delante de ellos dos minutos más tarde y entró en un Oldsmobile amarillo con matrícula de Nueva Jersey. Myron puso el coche en marcha y lo siguió. El hombre delgado tomó la interestatal 3 en dirección norte hacia el Garden State Parkway.
—Ya llevamos veinte minutos siguiéndolo —dijo Jessica—. ¿Por qué tendría que ir a un apartado de correos tan lejos de su casa?
—Porque puede que no vaya a su casa. A lo mejor va al trabajo.
—¿A la oficina del teléfono erótico?
—Puede ser —contestó Myron—. O puede que vaya lejos para que nadie lo vea.
El tipo al que seguían tomó la salida 160, pasó a la interestatal 208 en dirección norte y entró en Lincoln Avenue, en Ridgewood.
—Ésta es mi salida —dijo Jessica enderezándose en el asiento.
—Ya lo sé.
—¿Qué narices está pasando aquí?
El Oldsmobile amarillo giró a la izquierda al final de la vía de salida. Estaban a menos de cinco kilómetros de la casa de Jessica. Y si seguía recto por Lincoln Avenue hasta llegar a Godwin Road, estarían en...
Pero no.
Mr. Delgado giró por Kenmore Road, a casi un kilómetro de distancia del final de Ridgewood. Seguían estando en el centro del barrio periférico, en concreto en el de Glen Rock, Nueva Jersey. Glen Rock se llamaba así debido a una roca gigante que había en Rock Road. La palabra clave en esa zona era rock.
El coche amarillo aparcó en la entrada de una casa. En el 78 de Kenmore Drive.
—Disimula —dijo Myron—, no lo mires fijamente.
—¿Qué?
Pero Myron no contestó. Pasó con el coche por delante de la casa sin detenerse, giró en la calle siguiente y aparcó el vehículo detrás de unos arbustos. Telefoneó a su despacho. Le respondieron cuando todavía no había acabado de sonar el primer tono.
—MB Representante Deportivo —dijo Esperanza.
—Consígueme toda la información que puedas sobre el 78 de Kenmore Street, Glen Rock, Nueva Jersey. El nombre del propietario, tarjeta de crédito, todo.
—Recibido —le contestó Esperanza antes de colgar.
Myron hizo otra llamada.
—Es esa amiga mía de la compañía telefónica —le dijo a Jessica. Y luego se puso a hablar por teléfono—: ¿Lisa? Soy Myron. Mira, necesitaría que me hicieras un favor. El setenta y ocho de Kenmore Road, Glen Rock, Nueva Jersey. No sé cuántas líneas de teléfono tiene este tipo pero necesito que las compruebes todas. Quiero saber todos los números a los que llame en las próximas dos horas. ¿De acuerdo? Oye, ¿qué descubriste sobre aquel número de teléfono erótico que te pasé? ¿Qué? Ah, entendido. Gracias —y colgó.
—¿Qué te ha dicho?
—La compañía telefónica no controla el número del teléfono erótico. Alguna organización de Carolina del Sur se ocupa de ello y no ha encontrado nada sobre él.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Jessica—. ¿Nos quedamos ante su casa?
—No. Yo voy a entrar. Tú te esperas aquí.
—¿Perdona? —dijo ella enarcando una ceja.
—¿No eras tú la que no quería ahuyentar a nadie? —preguntó Myron—. Si este tipo tiene algo que ver con tu hermana, ¿cómo crees que reaccionará cuando te vea?
Jessica cruzó los brazos y soltó un bufido. Sabía que Myron tenía razón, pero eso no quería decir que tuviera que resignarse.
—Ve —le dijo al fin.
Myron salió del coche. Era uno de esos vecindarios anodinos en los que cada casa estaba cortada por el mismo patrón: dos plantas en trescientos metros cuadrados de terreno. En algunas, la vivienda estaba invertida y la cocina quedaba a la derecha en vez de a la izquierda. La mayoría tenían puertas correderas de aluminio. Toda la calle apestaba a clase media.
Myron llamó a la puerta y le recibió aquel hombre delgado.
—¿Jerry?
La cara del tipo denotó confusión. De cerca tenía mejor aspecto y su cara era más inquietante que monstruosa. Con un cigarrillo en la mano y un suéter negro de cuello alto podría catar leyendo poesía en un café de intelectuales.
—¿Puedo ayudarle en algo?
—Jerry, estoy...
—Debe haberse equivocado de número, yo no me llamo Jerry.
—Pues te pareces mucho a Jerry.
—Lo siento —dijo el hombre con expresión siniestra mientras cerraba la puerta—; perdone, pero no tengo tiempo.
—¿Estás seguro, Jerry? —le espetó Myron.
—Ya le he dicho que...
—¿Conoce a Kathy Culver? —le interrumpió Myron.
Aquello le pilló por sorpresa y logró desestabilizarle.
—¿De qué...? ¿De qué va todo esto? —dijo bruscamente.
—Creo que usted ya lo sabe.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Myron Bolitar.
—¿Lo conozco de algo?
—Bueno, si fuera un gran aficionado al baloncesto... No, en realidad no, pero me gustaría hacerle varias preguntas.
—No tengo nada que decirle.
Myron pensó que había llegado el momento de jugar el as que llevaba en la manga, así que le enseñó la revista y le dijo:
—¿Estás seguro, Jerry?
El hombre delgado puso unos ojos como platos y Myron casi pudo llegar a ver el nombre de la marca de porcelana del blanco de los ojos de aquella cara tan alargada.
—Me ha confundido con otra persona. Adiós —dijo el hombre, y acto seguido le cerró la puerta en las narices.
Myron se encogió de hombros y volvió al coche.
—¿Cómo ha ido? —le preguntó Jessica.
—Le hemos zarandeado —dijo Myron—, ahora veremos lo que cae de él.


El quiosco del barrio.
A Win le vino a la memoria el tiempo en el que la simple mención de esa frase le traía a uno a la mente imágenes nostálgicas e idílicas como las ilustraciones de Norman Rockwell de la cultura estadounidense. Pero ya no. En cada calle, en cada esquina y en cada pueblucho pasaba lo mismo. Golosinas, periódicos, tarjetas de felicitación... y revistas porno. Un chaval podía pedir una chocolatina Snickers y verlas todas a la vez. El porno se había convertido en una constante de la vida americana. El porno duro. La clase de porno que hacía que Penthouse pareciera una revista para niños.
Win se acercó al hombre que había tras el dispensador de números de lotería y le dijo:
—Perdone.
—¿Sí?
—¿Sería tan amable de decirme si tiene los últimos números de Climaxx, Lefa, Orgasm Today, Lamida, Chocho y Pezones?
La viejecita que había a su lado soltó un grito ahogado de asombro y le lanzó una mirada airada.
—Déjeme que lo adivine —le dijo Win sonriendo—. ¿No fue usted la playmate del mes de junio de mil novecientos veintiséis?
La anciana hizo un gesto de desprecio y se fue indignada.
—Mire por ahí —le dijo el quiosquero—, entre los tebeos y los vídeos Disney.
—Gracias.
Win encontró tres: Climaxx, Orgasm Today y Chocho. Buscó en tres quioscos más y consiguió encontrar Lamida, pero ningún ejemplar de Lefa o de Pezones. Al final logró encontrarlas en una tienda de material de sexo duro de la Calle 42 que se llamaba El Palacio Obsceno del Rey David. Tenía un cartel enorme en la entrada donde se leía abierto 24 horas. Qué práctico. Win se consideraba una persona de mucho mundo, pero los objetos y las fotografías del «palacio» le convencieron de que tanto sus experiencias vitales como su imaginación eran bastante limitadas.
Ya casi era mediodía cuando salió del palacio. Había sido una mañana muy productiva y casi educativa.
Con un total de ocho revistas bajo el brazo, Win cogió un taxi para ir al centro y durante el trayecto fue hojeando algunas de ellas.
—De momento todo va bien —dijo en voz alta.
El taxista le echó una mirada por el espejo del retrovisor, se encogió de hombros y volvió a centrarse en el volante.
Cuando Win llegó a su despacho, extendió las revistas en la mesa de trabajo y las observó atentamente, comparándolas. Era increíble. Acababa de confirmar sus sospechas. Era tal y como se lo había imaginado.
Cinco minutos después, Win guardó las revistas en el cajón del escritorio y llamó a Esperanza por el interfono.
—Dile a Myron que venga a mi despacho en cuanto llegue.