Las eliminatorias empezaron en Venezuela. ¿Fácil? ¡Fácil las pelotas, para nosotros no
había nada fácil! Podía ser que el rival fuera débil, pero aquella vez no jugaron sólo once
jugadores contra nosotros, jugaron más. Es la única forma que tengo, hoy, para explicar lo
que pasó... Resulta que, apenas aterrizamos en San Cristóbal, se armó un tumulto bárbaro.
Había policías, pero eran venezolanos, también. La cosa es que un loco me salió al cruce y
me metió tal patada en la rodilla derecha, que ni el tano Gentile lo hubiera hecho mejor.
¡Me mató, me mató! Entré rengueando al hotel, con el doctor Eduardo Madero corriendo
atrás y todo el mundo asustado. ¡El hijo de puta me había arruinado el menisco!
Toda la noche previa al partido estuve con hielo en la rodilla derecha, tirado en la cama.
No me dormí hasta las cinco de la mañana. Al principio, me parecía una boludez, pero
después se fue agravando, agravando. Y encima, en ese maldito partido y en los que
siguieron me apuntaban ahí, todos me pegaban en la rodilla derecha. Digo ahora maldito
partido porque nos costó un huevo y medio ganarlo, bien al estilo nuestro: terminamos 3 a
2, pidiendo la hora.